La ideología de género y la democracia líquida. Por Javier Portella

A continuacion reproducimos este artículo de Javier Portella, subido en el sitio web El Mnifiesto (www.elmanifiesto.com)

 

Más allá del feminismo y de su lucha de sexos que ha sustituido a la lucha de clases, más allá del animalismo y del transexualismo; más allá de todo ese inmenso circo, hay dos elementos esenciales que dan “sentido” —en fin…: así sea el sentido del sinsentido— al conjunto del fenómeno que hoy nos ocupa aquí. Esos dos elementos que parecen contradictorios, pero que en realidad se complementan, pues buscan lo mismo son: por un lado, la autonomía del sujeto; por otro lado, la destitución o deconstrucción del sujeto y de cualquier instancia instituyente. La autonomía del sujeto implica, dicho de manera simple y contundente que las cosas son y el mundo es… porque y de la manera como a los hombres les da la santa y real gana que sean. “Tú quieres…, tú puedes”, como decía aquél. Todo es un asunto de voluntad, decisión y libertad.

 

Hasta el sujeto, es cierto, va a ser destituido, subvertido, deconstruido por los teóricos de la deconstrucción. Pero da igual. Ya sea mediante la afirmación soberana del sujeto (la que emprende el liberalismo), o ya sea mediante la destitución del sujeto y la afirmación nihilista de la nada (la que emprende el libertarismo), lo que importa es que nada sostiene el orden de las cosas. Nada garantiza lo verdadero, lo justo, lo bueno. Nada es sustancial. Nada se impone o existe por sí mismo. Pero hay algo que se opone tercamente tanto al imperio de la subjetividad como al de la deconstrucción. Hay algo que existe de manera plena por sí mismo: la naturaleza. Tal vez por ello el hombre moderno, y aún más el posmoderno, la desprecia y degrada tanto. Porque la naturaleza se alza, insolente, frente al poder de la pretendida autonomía humana. Porque la naturaleza le dice al hombre: no, amigo, no: te equivocas, tú no lo tienes todo. Tú, entre otras cosas, te vas a morir… mientras que yo, junto con mis mares, y mis cielos, y mis montes, y mis valles, yo voy a seguir ahí, surgida por mí misma y permanentemente presente.

 

Pero el hombre moderno, y sobre todo el posmoderno, dispone de los ingentes medios que le proporciona lo que el mismo Heidegger denominaba la técnica planetaria. Con esos medios en la mano el hombre no consigue, por supuesto, crear artificialmente naturaleza, “hacerla surgir”. Tampoco consigue arrasarla del todo: sólo dañarla, maltratarla. Pero lo que sí le permiten los medios de la técnica es desacralizar la naturaleza. Y al mismo tiempo desnaturalizarla (nunca mejor dicho…), menoscabándola, dañándola, privándola de su autenticidad. Entre las desnaturalizaciones que la técnica permite se encuentra el cambio de sexo, hoy denominado “género”: la base misma sobre la que se asienta la ideología precisamente denominada “de género”, apoyándose para ello en un trastorno objetivo y lamentable, es cierto, pero que afecta a una proporción ínfima de la población.

Son muchas las consecuencias que se derivan de todo ello. La primera: tanto si todo depende de las decisiones de los hombres —decisiones obviamente múltiples, volubles, cambiantes, tornadizas…—, como si todo consiste en el juego de sombras de una deconstruida e ingente ficción, todo está marcado entonces por el signo de lo relativo, de lo aleatorio, de lo contingente. De esa contingencia, los teóricos de la deconstrucción y de la French Theory han estado siempre perfectamente conscientes (recordemos sus nombres, pues al de Michel Foucault hay que añadir otros, como los de Roland Barthes, Gilles Deleuze, Jacques Derrida, etc.). Han estado conscientes de hasta qué punto semejantes ideas abocan al relativismo y finalmente al nihilismo. Han estado conscientes de ello…, pero no para combatirlo, sino para complacerse, para regodearse plenamente en ello. Veamos de qué manera. En el libro que se acaba de publicar en España y que presentamos también en esta ocasión (El puto san Foucault. Arqueología de un fetiche), François Bousquet condensa el pensamiento de Michel Foucault, el padre por antonomasia de lo que se ha dado en llamar la French Theory, en los siguientes térmnos: “¿La verdad? ¡Una ficción! ¿El hombre? ¡Un espejismo! ¿Las normas sociales? ¡Una camisa de fuerza!”. Después de lo cual, concluye —y es esta conclusión la que me importa subrayar: “la norma última: la norma de la ausencia de normas, la norma de lo anormal”.

 

¡Acabáramos!… La naturaleza (sabido es) tiene horror del vacío. Y la naturaleza humana también. Releamos la anterior conclusión. Después de haberlo puesto todo en la picota, después de haberlo pretendido subvertir todo: la verdad, el hombre, normas sociales… Después de haber dado por sentado que no existe ni verdad ni norma última sobre la que asentar el mundo; después de todo ello, va y se nos dice… que sí hay una norma última. Y esa norma última es… “la norma de la ausencia de normas, la norma de lo anormal”. Por primera vez en la historia la anormalidad funda la normalidad. Lo anormal, lo desviante, se convierte en piedra angular del mundo. En todos los campos. También en el de un arte convertido en no arte, y donde la fealdad y la insignificancia se convierten en la base y el pilar de algo que, no se sabe por qué, se sigue llamando “belleza”. También en el campo de la sexualidad (o del género), lo que tratan de imponer como norma es la anormalidad de la transexualidad o de la homosexualidad (una homosexualidad contra la que no hay, desde luego, absolutamente nada que objetar, salvo que no es ni puede constituir “la norma, la directriz”).

 

Es por todo ello por lo que “el loco” y “el preso” —el desviante; ese desviante que, para la ideología de género, toma la forma del transexual— constituyen el paradigma mismo de “lo bueno y lo bello” de “lo justo y lo verdadero”, como se decía antaño, cuando cosas tales como “lo bueno y lo bello” (kalos kagazos, decían los griegos) constituían —cualquiera que fuese su cambiante contenido a lo largo de la historia— el eje mismo del mundo y de los hombres. No, contrariamente a las apariencias, contrariamente a lo que aparentan los nihilistas que todo lo impugnan y todo lo arrasan, lo que tratan de imponernos no es la Nada de una “libertad” licuada, disuelta en la arena de tales naderías. Lo que tratan de imponernos es un orden incomparablemente más duro y feroz que el de todos los órdenes autoritarios, despóticos y hasta totalitarios que en el pasado han sido.

 

Y ello por dos razones. La primera, porque el actual orden de… Aún no tiene nombre consagrado. Hay varios en liza. Elijan el que prefieran: régimen de la deconstrucción, régimen de lo políticamente correcto, régimen liberal-libertario. Personalmente me quedo con este último. Pese a sus apariencias, el régimen liberal-libertario es el más ferozmente despótico de todos, y ello por dos razones esenciales. La primera, porque se funda en un engaño que es infinitamente más que un simple ardid propagandístico. Es un engaño, por así decirlo, ontológico, consustancial al sistema que lo instituye. Se trata del engaño —y engaño que ha calado transformándose en “verdad” incrustada en el imaginario colectivo— que consiste en fundar el mundo sobre la ausencia de cualquier principio que no sea el de la libertad más absoluta de cada individuo. Se trata de esa engañosa, falsa libertad que, partiendo de la ausencia de toda norma, desemboca en la norma de lo anormal.

 

Y hay un segundo motivo. Al establecer como norma primera lo anormal y desviante, se está efectuando algo nunca visto en ningún otro momento de la historia. Al establecer ese delirio orwelliano según el cual la base de lo normal es lo anormal, de igual modo que la base de la cordura es la locura, y la de la belleza la fealdad; al efectuar tal cosa, lo que se está haciendo es socavar simple y llanamente las bases antropológicas más elementales de la existencia. No ya sus bases culturales, sociales, económicas, políticas…, sino sus bases —repito— simple y llanamente antropológicas. ¿Y qué tiene que ver todo eso, se preguntarán ustedes, con esa “democracia líquida” que figura en el título de mi charla y de este coloquio?

 

Lo tiene que ver todo.

 

De algún modo no se trata sino de dos aspectos, de dos dimensiones, del mismo fenómeno. Lo que en el régimen liberal-libertario se expresa como ideología de género o en forma de las demás aberraciones desarrolladas en el ámbito de lo que los franceses llaman “lo societal”, todo ello tiene también su correlación en el ámbito político de “la democracia líquida”, denominación con la que estoy haciendo un obvio guiño a Ziygmunt Bauman y a su concepto de “la sociedad líquida”. Pero cuidado, cuando hablo de “ámbito político”, entiéndase: “ámbito de la polis en su más amplio sentido”; ámbito situado infinitamente más allá de la politiquería y de sus míseras pequeñeces; ámbito a través del cual los hombres de una sociedad y de una época se afirman, son, existen… o se despeñan juntos por un abismo.

 

Los mecanismos son, en ambos casos, sumamente parecidos. También en el ámbito de la democracia tenemos la proclamación inicial de una libertad absoluta. También aquí se desconoce cualquier principio sustancial que vertebre al mundo. También aquí se sostiene todo sobre la libre voluntad y la libre decisión del pueblo soberano —del pueblo entendido (y ahí empiezan los problemas) no como ente orgánico y dotado de su propia dinámica histórica, sino como una mera suma de átomos individuales. Y también aquí la naturaleza (la de los hombres en la polis y en la historia) tiene horror al vacío. También aquí resulta imposible fundar la vida política y social sobre la exclusiva base de la contingente, voluble y tornadiza voluntad de los humanas (añadirían quienes sabemos). También aquí las apariencias democráticas necesitan, para que el mundo no se hunda del todo, una base firme sobre la que asentarse. Y para establecerla, también aquí tales apariencias no pueden sino convertirse en un profundo engaño —y engaño que, también aquí ha calado y se ha engarzado profundamente en el imaginario colectivo de nuestros pueblos.

 

Veamos cómo funciona dicho engaño. Las apariencias democrático-liberales tienen absoluta, indiscutible fuerza de ley. Legalmente hablando todas las ideas, todas las opciones, todas las concepciones del mundo son, con tal de que respeten los procedimientos legalmente vigentes, igual de válidas y justas, igual de buenas y verdaderas. Todas son incuestionables; o lo que es lo mismo: todas se pueden cuestionar e impugnar. Para la ley, el contenido de las ideas y concepciones del mundo es estrictamente indiferente. Pero para la realidad de las cosas, no. Todas las ideas y concepciones tienen el mismo derecho a la palabra, es cierto, pero hay una de ellas que lo tiene incomparablemente más. Hay una y sólo una (con todas las variantes que se quiera) que habla sin parar y desde el único lugar desde el que tiene sentido hablar: desde el centro del mundo, desde los poderosos medios de comunicación y adoctrinamiento de masas desde los cuales y sólo desde ellos se llega a todo el mundo.

 

Las demás ideas, las demás concepciones del mundo, las de los rebeldes y díscolos, también tienen, es cierto, el mismo derecho a la palabra y a su encarnación política. Pero ese derecho, para ellos —para nosotros, en fin…— es sólo formal, es sólo jurídico. Ese derecho no sirve de nada (o de tan poco…) si no se ejerce desde los grandes medios de comunicación que, dominando al mundo y a las gentes, modulan los sentimientos y el pensamiento (o lo que tiene lugar de éste). Existen, es cierto, las Redes Sociales, esa gran alternativa…, se ha dicho y repetido mil veces. Son importantes, desde luego, y no hay que desdeñarlas. Pero ya hemos visto recientemente en España, en el caso de Vox y de las últimas elecciones, cuál es su verdadera fuerza y su verdadero papel cuando tienen que competir frente a los medios del Sistema.

 

Tal es el engaño en el que se basa la democracia liberal-libertaria: el de proclamar  y otorgar con una mano —la de la ley— la libertad que su otra mano —la de la realidad, y en particular la realidad mediática— restringe a favor tan sólo de quienes comparten la concepción dominante del mundo. Una concepción del mundo que, por lo demás, nada tiene que ver con la insustancialidad de las cosas que proclama el corpus teórico liberal. ¡Vaya si el espíritu liberal-libertario conoce lo sustancial y lo firme, lo incuestionable e indiscutible! Se trata, es cierto, de una firmeza un tanto peculiar, pues experimenta la fluidez de lo que fluye y cambia, se incrementa o se desvanece; pero se trata de la firmeza de algo tan indudable como incuestionable: la del dinero y de todo lo que de él se deriva como rey y amo del mundo.

El gran engaño democrático… Ese en el que las cartas están ahí, las mismas para todos. Pero las cartas están marcadas y algunos juegan con doble baraja. Es ese engaño el que, no viéndolo —o peor: asumiéndolo, comulgando con él—, lleva a nuestros pueblos a precipitarse por el gran abismo que le tienden sus amos —ya sean sus amos ideológicos (los Foucault y compañía) o sus amos oligárquicos (los Soros y compañía).

 

Y sin embargo…

 

Sin embargo, lo que llamo “el abismo democrático” (tal es el título de mi último libro) no es sólo un abismo por el que despeñarse. Es o puede ser también un abismo por el que afirmarse. Veamos cómo y por qué. Es toda una indeterminación, una indeterminación fundacional (no una manía, no un antojo de intelectuales) lo que entrevé la democracia, lo que late en el fondo de esa democracia que hasta que no se consolide la versión “i-liberal” que hoy empieza a surgir, no puede sino calificarse de democracia liberal: la única hasta hoy conocida o existente.

 

Ese abismo fundacional, esa indeterminación instituyente, consiste en reconocer que, muerto el Dios que desde su trascendencia sobrenatural pretendía fundar, regular y dar sentido a las cosas, nada sustancial, nada firme o determinado funda al mundo. Las cosas son porque son, sin causa ni razón (como la rosa, decía el místico alemán Angelus Silesius y recogía Heidegger). Pero las cosas son, existen en toda su radiante plenitud: no consisten, como pretendía Foucault, “en una especie de efecto de superficie, en un brillo, en una espuma”. Aunque la democracia líquida pretende conseguir lo contrario, lo propio de las cosas no es licuarse, borrarse como se borra, dice un complacido Foucault, “un rostro de arena a la orilla del mar”. Las cosas son, existen: plenas, radiantes de sentido y envueltas de misterio; en esa conjunción de luz y oscuridad sin la cual no habría ni mundo, ni ser, ni belleza, ni arte, ni sentido.

 

Esa conjunción es la que impide que, en el terreno de las ideas, se alce ninguna visión de las cosas que, excluyendo a las demás, se afirme con el marchamo de lo firme, auténtico y verdadero. Esa conjunción de luz y misterio es la que tiene toda su expresión en la libertad de pensamiento que instaura —reconozcámoslo después de haberla atacado todo lo que conviene atacarla— la democracia liberal. No estoy hablando ahora de la libertad de expresión que, en el ámbito de la acción política, es afirmada por un lado y negada por otro. Estoy hablando ahora de la libertad de pensamiento en el sentido más general del término. Estoy hablando de “la libertad de cátedra”, si se prefiere. Estoy hablando de esa indudable grandeza —quizá la única, junto con los conocimientos científico-técnicos— de nuestro tiempo.

 

Esa libertad del pensamiento en general —esa indeterminación— también conviene que prevalezca en el campo de la democracia política. Pero para que ésta no se licúe ni engañe como actualmente está engañando y licuándose, es preciso que se modifiquen diversas y muy fundamentales cosas. Es preciso que todo lo que de líquido e indeterminado comporta la múltiple contraposición de ideas y concepciones del mundo se vea contrarrestado por la afirmación clara e inequívoca de principios tan firmes como sólidos. Principios que deben también dejar de ser los del materialismo, los del hedonismo y los del individualismo que nos asfixia.

 

Señalemos esquemáticamente y a título de ejemplo —y con ello concluyo— algunos de tales principios.

 

Sí, la belleza es infinitamente superior a la fealdad. Sí, lo bello debe derrotar a lo feo, destronar a lo vulgar.

 

Sí, la excelencia —«la aristocracia del espíritu», decía Dominique Venner— debe imperar, y la fortaleza imponerse a la debilidad, la grandeza a la mediocridad.

 

Sí es grande y gloriosa la historia de nuestra civilización. Orgullosos debemos estar de nuestro linaje. Defenderla  y engrandecerla es nuestro deber

 

Sí, sólo en comunidad vivimos los hombres. Nada seríamos sin ella: ni siquiera seríamos capaces de hablar. No somos átomos aislados encerrados en nuestro caparazón. Somos hijos de una lengua, de una tierra, de una patria, herederos de una tradición.

 

Sí, la Naturaleza es nuestra madre cuya luz y cuyo misterio debemos respetar, admirar, honrar.

 

Sí, la diferencia entre hombres y mujeres es una verdad tan cierta y manifiesta como la diferencia entre el día y la noche.

 

Sí, el dinero y el mercado, la avidez y el trabajo son cosa tan legítima como necesaria. Pero no son cosa esencial. Lo esencial es que dejen de ocupar tanto el corazón del mundo como el de los hombres.

 

Sí, es necesario que nuestro destino recupere aliento sagrado, sí es preciso que, estremeciéndonos ante lo inefable, envolviéndonos de ritos, cultos y mitos, expresemos ante lo divino el oscuro y resplandeciente misterio del vivir encaminado a morir.

 

Sí, es la vida el criterio último que lo sostiene y debe sostenerlo todo. Engrandecerla, intensificarla: tal es el mandamiento supremo. El de los hombres libres, el de los mortales que saben que sólo viviendo ávidamente una vida que integre la muerte lograrán imponerse, victoriosos, a ésta.

 

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