Los olvidados

A continuacion reproducimos el articulo del sitio laprensa.com.ar: “Siete horas bajo asedio del ERP” de Agustín De Beitia. Recordando la valentía de estos soldados que cumplieron con su deber para con el país, también es dable recordar que son la otra parte, la mas importante, de la guerra civil que se vivió en nuestro país durante buena parte de la década de los 70. El olvido, la marginación y la falta de reconocimiento económico para quienes cumplieron con sus tareas de ciudadanos mas allá de su deber, debe mover a los legisladores a reconocer estos actos los cuales son los que deben ser ejemplo para nuestra sociedad y para sus generaciones actuales y por venir. A continuacion el artículo:

Rodolfo Demayo estaba sentado a la vera del camino junto a Adrián Segura y Juan Villalba. Los tres soldados descansaban. Detrás de ellos se extendía el parque con árboles añosos de la Escuelita de Manchalá, que estaba en refacción. Habían llegado desde Salta a ese paraje tucumano para ayudar a acondicionar las instalaciones. Eran nueve conscriptos y dos suboficiales de la I sección del Batallón de Ingenieros de Montaña 5. La sección se había dividido para refaccionar varias escuelas rurales en esa zona caliente de Tucumán. Los guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) habían elegido ese lugar para instalar su foco rural. El gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón respondió en febrero de 1975 con el Operativo Independencia, que incluía entre sus objetivos esas tareas de acción social.

Eran las 17.30 de ese miércoles 28 de mayo de 1975. Hacía más de tres horas que habían llegado. Contemplaban el camino rural, cuyo trazado pasa delante de la escuela y luego hace una curva cerrada. De allí vieron emerger una camioneta Chevrolet blanca con numerosos hombres vestidos de verde en su interior. El vehículo siguió su camino y detrás apareció otra camioneta Ford gris, con su caja cubierta por una cúpula de lona, también repleta de hombres. Uno de esos hombres, con el cuerpo asomado, abrió fuego sobre los tres soldados que estaban en la banquina. Los tres se tiraron hacia atrás y rápidamente empezaron a arrastrarse hasta el árbol más cercano mientras les seguían disparando. A Segura una bala le dio en la pierna derecha (luego deberían extirparle 15 centímetros de fémur). A Villalba, en la rodilla. Demayo tenía el fusil en automático y como un acto reflejo devolvió enseguida el fuego. Pero al tercer disparo se le trabó el fusil y empezó a renegar. Ya los tiros arreciaban.

El que había disparado primero era Hugo Irurzun, alias Capitán Santiago. Irurzun es quien, años después, mataría con un lanzacohetes portátil RPG al derrocado presidente de facto nicaragüense Anastasio Somoza. Ese 28 de mayo de 1975 resultó herido. En su ayuda acudió el guerrillero chileno Domingo Villalobos (alias Sargento Dago), quien lo alzó y lo alejó renqueando. Pudieron cruzar un alambrado, pero el disparo de un soldado alcanzó a Villalobos en el cuello, quien cayó muerto.

Mientras tanto, frente a la escuela, los guerrilleros ya habían desplegado tres ametralladoras MAG, calibre 7,62, y empezaban a descargar municiones desde tres ángulos diferentes. Ese fuego de metralla no cesaría durante todo el resto del día.

Demayo y otros dos soldados -César Pardal y Osvaldo Alcalá- salieron en busca de Segura, que no podía moverse. Mientras retrocedía con el herido hacia la escuela vio cómo los impactos de bala iban formando una línea recta a su lado. Los proyectiles picaban en la tierra y levantaban un polvo que se les metía en los ojos y les impedía ver. Desde dentro de la escuela respondían con vehemencia el fuego de la guerrilla.

 

ACRIBILLADOS 

Hoy, al recordar el tiroteo, Demayo trata de describir el silbido de las balas, que le quedó grabado por siempre. Los disparos no cesaban. Por momentos, la escuela fue acribillada. Las ráfagas de metralla se incrustaban en las paredes y hacían saltar el revoque.

Frente al intenso tiroteo, el cabo 1 Gerardo Lafuente intenta organizar la defensa. Lo primero que ordena es que Demayo corra hasta su Unimog y vaya en busca de refuerzos.

Lo envió sólo con una pistola, por si caía secuestrado. El soldado sale al descubierto, sube al vehículo, lo enciende y de inmediato una ráfaga de disparos hace saltar en pedazos el parabrisas del vehículo. Entonces Demayo se tira por la ventana del acompañante y se arrastra hasta el árbol más cercano.

Lafuente le indica que vuelva a intentarlo, pero esta vez le pide que salga marcha atrás. Así lo hace, pero cuando gana velocidad los frenos no reaccionan y termina colgado en una zanja. Al bajar, Demayo observa que ocultos detrás de la curva hay otros dos camiones con más guerrilleros. Corre a la escuela sorteando las balas y cuenta la novedad. Lafuente saca cálculos. Concluye que son atacados por más de 80 hombres y, que si estos terminan de rodearlos, los van a reventar. Su cálculo no estaba errado. Eran más de 110.

Lafuente despliega a sus hombres por el parque. Ordena a José Romero que suba al techo para disparar desde allí. No puede hacerlo. Las balas que pican en la pared mientras trepa se lo impiden.

En algún momento, desde afuera, escuchan gritos de los guerrilleros: “Grupo escuela, ríndanse”. Lafuente responde: “Vengan a buscarnos”. Y del otro lado insisten: “La cosa no es con ustedes sino con los oficiales, ríndanse”. Y Lafuente: “Vengan a buscarnos, hijos de puta”.

Alcalá apunta hoy: “¿Cómo íbamos a creerles, si lo primero que hicieron fue disparar a conscriptos, y seguirían haciéndolo todo el día?”.

 

UN ALIVIO 

A eso de las 19, la llegada de un camión con el sargento ayudante Serafín Lastra, más cuatro soldados que subieron en la escuela de Balderrama, alertados por los disparos, alivia el asedio. Los soldados Juan Pucapuca, Luis Peñaranda, Aldo Parada y Juan Sulca no llegan a la escuela, pero ofrecen un segundo frente de resistencia. Fue la mano de Dios, dirá hoy Alcalá.

Los guerrilleros pueden haber creído que se trataba de una emboscada. Algo similar había sucedido antes con otro camión conducido por Roberto Mamani, que fue recibido con una feroz descarga de disparos. Mamani cayó herido. La llegada esporádica de estos camiones, con cinco hombres el primero y tres el segundo, hizo que los soldados que se batían con la columna de guerrilleros sumaran casi una veintena.

Al caer la noche los disparos se volvieron más esporádicos. Para las 21 se establece una tensa calma. En el interior de la escuela se preparan para afrontar un casi seguro asalto final, un combate cuerpo a cuerpo. Las horas pasan. Hasta que a la medianoche la llegada de refuerzos en gran escala, con bengalas que iluminan el cielo, dispersa a los atacantes.

El ERP abandonó en el lugar un camión donde había cohetes y armamento suficiente para volar el Comando del Operativo Independencia en Famaillá, que era el objetivo de los guerrilleros. También había un cofre con 40 mil dólares que les prometen que se los darán. Hasta el día de hoy no tienen noticias de ese dinero.

Fue una victoria decisiva para el Ejército, pero con el tiempo la sociedad olvidaría el arrojo de estos hombres, en medio de una política planeada para tal efecto.

 

MEDALLA 

Hasta hace unos años “veníamos para esta fecha solos, comíamos y nos íbamos”, cuenta a este diario Demayo, al término de la ceremonia de la semana pasada en la que el Ejército les concedió una medalla en reconocimiento a su valor. Es la primera vez que les otorga una distinción.

Demayo se muestra muy emocionado. Durante el acto del Ejército fue uno de los que se conmovió hasta las lágrimas. Rememora un combate muy difícil.

Alcalá concuerda en que el reconocimiento recibido “fue muy emocionante”. “Ahora falta que nos reconozca el Estado argentino. El problema de los argentinos es que no tenemos memoria. Hemos sido olvidados. Y, sin embargo, Manchalá fue el principio del fin de la guerrilla”.

“No tenemos memoria, ni verdad, ni justicia, ni reparación”, corrobora Demayo.

“Aquí no hay nada de reconocimiento material”, apunta Romero, quien hoy está jubilado con un haber de $8.000. “Hay gente que vive al día. Es indignante porque para el otro bando hubo un festival de dinero. El que menos recibió se quedó con 120 mil dólares”.

Muchos de los manchaleros eran jóvenes muy humildes entonces y hoy subsisten como pueden. Son jornaleros en el campo. Realizan “changas” por cien pesos al día. Dos de ellos ayudan a los demás.
Demayo concluye que la situación, toda, es indignante. “Tengo ganas de encontrarme con alguno de los que combatieron contra nosotros aquel día. Y le haría una pregunta. Una sola pregunta: ¿Qué pretendían?”

 

Dejar un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *